DOSCIENTAS OCHENTA LUNAS

Aquella gran tormenta anunciaba que el invierno sería copioso, esa madrugada habían caído alrededor de 70mm de lluvia, según lo había dicho la voz triste sin rostro de la meteoróloga entrevistada telefónicamente en el noticiero del mediodía; aunque la niña no entendía bien a que se refería la señora de la voz, le gustó memorizar el dato, así como memorizaba todas las historias que alguna vez le contó la maestra joven y alegre que llegó a la escuela el año aquel. Recordó la vez que empezó a llover y la maestra les contó de cuando el ser humano llegó a la luna o de que en China no comían tortillas. Aún no creía que eso hubiese sucedido, si ella ni siquiera conocía la capital de su país; tampoco entendía como la gente de otros países no conocía nuestras deliciosas comidas hechas de maíz. El mundo debía de ser muy grande o la gente muy rara.

Silueta delgada, morena, ágil trepadora de árboles de mango, aguacate y de jóvenes ceibas, rápida corredora, con caminata de gacela. Quería volar y aprender, leía todo cuanto sus grandes y almendrados ojos café pudieran ver, se sabía todos los rótulos que había desde la parada del bus hasta el mercado.

La tarde estaba húmeda, el cielo ceniciento y el olor a tierra mojada comenzaba a penetrar en su nariz. Llovía “cernidito”, como decía su mamá. El aroma a humedad le dio alas a la memoria, a aquellos rincones oscuros de su mente. Recordó que en el lapso de un año y medio más o menos “vio la costumbre”, su menstruación. Sus pechos le crecieron un poquito, el vello invadió su infantil pubis y una que otra espinilla apareció en su rostro.

Hoy como ayer vio el atardecer desde esa misma colina donde estaba su casa. Los colores intensos, la mezcla del anaranjado, el dorado y el púrpura hacían que la vorágine de su interior saliera a flote. Agradeció a Dios por esas hermosas tardes, agradeció por vivir en la ciudad de los 400 cerros. Agradeció por…todo, por casi todo, aunque en realidad no entendía por qué debía hacerlo.

Recordó que hace doscientas ochenta lunas, después que escampó, regresó a su casa con los zapatos chapoteando agua, con las piernas llenas de una mezcla rara hecha a base de lodo, hojas, barro y piedras. Entre sus muslos corría lenta sangre; la falda, horas antes un color blanco puro había adquirido un tono marrón y negruzco. El cincho que le había enviado su mamá desde los Estados Unidos, estaba con la hebilla dorada girada hacia la rabadilla y la blusa de botones de colores alegres al frente y de tela brillante color zapote estaba convertida en un trapo sucio y descuidado. El ópalo cabello largo hasta la cintura se había vuelto un nido de guacalchías, alborotado como los pericos antes de dormir. Los raspones tatuaron las piernas y los brazos. Tenía la cara herida en la ceja izquierda ya con la sangre coagulada por el lodo sobre ella. El rostro, amoratado, le dolía. Ciego sería aquel que no haya visto que la niña había corrido como un gato asustado, tratando de huir y de buscar resguardo en algún lugar. La lluvia había arreciado en cuestión de minutos. Seguramente se había caído y resbalado, pensó aquel día su abuela. Desde la carretera hasta la casa de adobe enclavada en la cima del cerro contiguo al Cerro Pelón, había más de trescientos metros de veredas empinadas  y en esa zona había muchos matorrales y algunos árboles de mango. En una tormenta parecida hace unos cinco años, la abuela Tina se había quebrado la rodilla derecha en siete pedazos al deslizarse por la vereda y caer en una piedra pacha. Esa misma que –especuló su abuela- seguramente fue la culpable del destrozo en que se convirtió aquella temprana noche la pequeña niña. Pero después dudó, al mirarla bien…

Ese domingo, unas horas antes, la niña había cantado como los ángeles en la misa, aunque no dejaba de mirar de reojo la sombrilla ocre que había comprado un jueves antes, el día de plaza de su tierra natal. Ya a esa hora, se sentía una suave amenaza de lluvia.

La tarde antes de entrar a la iglesia compró un par de pasteles para los cinco integrantes del coro y tres para el joven de zapatos lustrados y ropa bien planchada que había llegado como voluntario para enseñarles a cantar y tocar guitarra. Ordenó que los tres pastelitos fueran empacados a parte de los demás y con un poquito más de salsita. Los siete se los comieron felices, riendo, pasándose la bolsa del curtido de repollo de mano en mano y limpiándose las niñas los grasosos y mojados dedos en los ruedos de las faldas y los muchachos en las bolsas de los pantalones.s de entrar a la iglesia compró un par de pasteles para los cinco integrantes del coro y tres para el joven de zapatos lustrados y ropa bien planchada que había llegado como voluntario para enseñarles a cantar y tocar guitarra। Ordenó que los tres pastelitos fueran empacados a parte de los demás y con un poquito más de salsita. Los siete se los comieron felices, riendo, pasándose la bolsa del curtido de repollo de mano en mano y limpiándose las niñas los grasosos y mojados dedos en los ruedos de las faldas y los muchachos en las bolsas de los pantalones.


De repente, desde una de las hojas del árbol de fuego en el que ella estaba recostada, una gota gorda de agua lluvia resbaló, le cayó en la nariz y la alejó de sus recuerdos, oyó que alguien lloraba en la hamaca que estaba adentro de la casita de adobe, se paró rápidamente, limpió sus propias lágrimas y fue tras el otro llanto.

Una niña tenía que alimentar a su niña. Una inocencia había muerto hacía doscientas ochenta lunas.

Texto:

Érika Mariana Valencia-Perdomo

Fotografías:

Óscar Perdomo León

Acerca de Érika Valencia-Perdomo y Óscar Perdomo León.

Médicos.
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Una respuesta a DOSCIENTAS OCHENTA LUNAS

  1. Érika, cosita linda, usted sabe que este cuento siempre me ha gustado.

    Un beso en la boca (pero de piquito) para usted.

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