“LA 27”

En el salón principal de “la 27”. De izq. a derecha: Tío Memo, papá Beto, tía Yolanda, Gloria de Valencia (mi mamá), Orlando Valencia  (mi papá). Esta foto fue tomada en agosto, posiblemente  entre los años de 1982 a 1984. Fotógrafo anónimo, proporcionada por Numa Bracamonte Valencia.

La 27, fue la casa de nuestro papá Beto, la casa paterna de todos los Valencia Bazzaglia y prácticamente de todos sus descendientes, bautizada así porque se encuentra ubicada en la 27 calle oriente de la ciudad de San Salvador. Era el punto de convergencia, la casa que albergaba gran parte de la historia familiar a través del tiempo. La casa –hoy en ruinas- guarda gran parte de nuestras risas, llantos, suspiros, penas, tristezas, alegrías, triunfos y derrotas, encuentros y desencuentros familiares.

Le guardo especial cariño porque fue la casa en donde viví el primer lustro de mi vida. Era tan grande para mis ojos de 5 años, que yo sentía que recorría enormes distancias para ir desde donde vivía (un pequeño apartamento dentro de la misma casa) hasta donde estaban mis abuelos. A mi mente vienen las imágenes de cuando siendo aún muy niña y después de cenar con mis padres y hermanos me iba en busca de mamá Laura (mi abuela). No recuerdo de que hablábamos, pero sí sé que sentía que era un mundo mágico ir hasta la cocina de mis abuelos y verla a ella me impresionaba; la recuerdo usando medias, vestido y zapatos oscuros bajos. Sé que esas visitas, a mamá Laura, me hacían sentir especial.

Era la casa perfecta para jugar de cualquier cosa que un niño pueda imaginarse; en ella había un gran patio interno, un escenario, un sótano, salones con pupitres, pizarras, tarimas de madera, yeso de colores, borradores y máquinas de escribir antiguas; dormitorios en los que nos prohibían entrar, uno o dos cuartos llenos de libros, papeles que no podía leer, un televisor enorme que se sostenía con sus propias patas, una máquina de tipografía, una terraza inmensa, muchos baños, una pila redonda que siempre me gustó mucho, una campana que sólo tocaba mi abuelo, en fin, era un palacio para el juego.

En mi primera infancia, las más de 15 gradas de la entrada se convirtieron en el tobogán en donde me deslizaba por horas, algunas veces lo hacía con mi primo Numa o con mi sobrina Claudita (ambas por la escasa diferencia de edades, teníamos una relación más de amigas o primas que de sobrinas), era tan fácil hacerlo porque los bordes de las gradas eran curvos y además estaban ya gastados por el uso.

Siempre vi con curiosidad algunas fotos en blanco y negro, antiguas que colgaban de las paredes, recuerdo una en especial: era un conjunto de señoritas muy bonitas que vestían uniformes de basquetbol; también siempre miraba las fotos enmarcadas de los “próceres de la Patria”, eran alrededor de 10 y yo a mis 8 ó 10 años, únicamente distinguía a José Matías Delgado y Manuel José Arce.

Otra cosa que me llamaba mucho la atención era el busto dorado de Benito Juárez que papá Beto tenía sobre su escritorio tan bonito, fuerte y pintado de color vino, lleno de gavetas y espacios para guardar de todo y en que siempre habían muchos libros y papeles.

Debido a la ofensiva guerrillera de noviembre de 1989 regresé a vivir a “la 27” cuando yo recién había cumplido los 17 años. Para ese entonces el esplendor del palacio de juegos de mi infancia había desaparecido a causa del terremoto que azotó una gran parte del país en 1986, muchas de sus pareces habían sucumbido, ya nadie habitaba en ella y en donde fue el salón de mecanografía mi padre había levantado una galera y ahí estaba la fundición de aluminio que él había creado y a la que con tanta dedicación se había entregado en los últimos años de su vida. Ya en ese entonces mi hermano Boris Orlando era el elegido por mi papá para apoyarlo en ese proyecto. Mi abuelo había fallecido tres años antes. Fue ahí en el salón que daba a la terraza, en donde junto con mi tío Memo, mis hermanos y mis padres escuchamos a través de un pequeño radio que los sacerdotes jesuitas habían sido brutalmente asesinados. No recuerdo si fue ese mismo día que por temor a ser alcanzados por el avance de la lucha entre el ejército y la guerrilla por el control de la capital, que nos fuimos a pasar unas semanas a la casa de mi tía América, cerca del Estadio Nacional Flor Blanca, ahí fue donde mi mamá me dio la noticia de que nuestra casa, en Soyapango, había sido incendiada y que de ella no quedaba más que los muebles de sala y mi dormitorio, lo demás había sido convertido en las cenizas.

En “la 27”, en el mismo salón frente a la terraza, fue en donde unas semanas después regresamos para iniciar una nueva etapa de nuestras vidas, llegamos únicamente con lo que teníamos puesto, pero con la fe siempre en alto. Ahí vimos como el amor se materializaba cuando mis tías y tíos maternos nos regalaron desde ropa, sábanas, platos, cubiertos, cacerolas, hasta comida. El padre Pepe Morataya, amigo de mi hermana mayor, Carolina, nos ayudó a mejorar la infraestructura de la casa: se hizo una pérgola en la terraza, se cambió el servicio sanitario, se hizo un acceso desde la terraza hacia las gradas principales, le regaló a Caro unos muebles de jardín (que aún mi mamá conserva) y otros detalles de arquitectura y luego las hermanas franciscanas del Colegio El Espíritu Santo (del cual mi papá era maestro y yo alumna desde que tenía seis años de edad) le dieron a mi papá una cama nueva, sábanas y cubrecamas. ¡Era un gran comienzo!

Recuerdo que con Carolina y mi mamá fuimos a comprar la pintura para la casa, la sala la pintamos de blanco puro, se le cambió tapicería a los sillones, compraron plantas ornamentales, mi mamá colgó unos cuadros y ¡voilà! Se miraba hermoso. El comedor se compartía con la cocina de 3 quemadores que la tía Chus (tía de mi mamá) había donado. El dormitorio que fue de papá Beto era ocupado por Lisette, Nelson (su esposo) y su pequeño hijo de 4 años Nelson Enrique, ellos estuvieron sólo unas semanas en “la 27”, luego se fueron a su casa. Para nuestro dormitorio –el cual pintamos de un tenue morado- Carolina, Boris y yo ocupamos el cuarto que perteneció a mamá Laura (¡por primera vez en mi vida entraba a esa habitación!).

En la renovada “27” pasamos unas discretas pero felices fiestas de Navidad y Año Nuevo. A las cero horas del 1 de enero de 1990, en la terraza, mi papá como presintiendo su muerte, me dio un sentido, largo  y fuerte abrazo.

Creo que fue en un pequeño cuarto que estaba entre la cocina y el dormitorio en que mis padres dormían, que mi papá empezó a escribir su autobiografía. Y fue ahí donde yo empecé a soñar que sería médico.

Fue desde la ventana del lado sur de nuestro dormitorio en donde una tarde vi una columna muy gruesa y alta de humo negro proveniente del centro de San Salvador…recuerdo que bajé para avisarle a mi papá lo que acababa de ver, juntos subimos al dormitorio y vimos la inequívoca señal que anunciaba un voraz incendio, era el mes de enero de 1990 y junto con mi hermanito Boris, mi mamá, mi papá, emprendimos el camino hacia el lugar de donde provenía el humo negro: La Praviana (un antiguo bar en el centro de San Salvador) se estaba incendiando. Yo estaba parada viendo la tragedia al lado izquierdo de mi papá y mi mamá a su derecha; la impresión fue enorme: esa misma noche mi papá tuvo su primera angina pectoris de ese año. Mi mamá y mi hermana Lisette lo llevaron a la Unidad de Emergencias del Seguro Social en donde fue ingresado. Era el inicio de una serie de eventos que terminarían con la partida de nuestro amado padre. Años más tarde mi mamá contaría que aquel día de enero de 1990, mientras estábamos parados viendo como el fuego arrebataba a la vieja Praviana sus días de gloria, mi papá le decía “¡Negra, así se ha de haber quemado la casa!”.

Después de que nuestro padre falleció (abril de 1990), estuvimos viviendo en “la 27” durante unos 4 ó 5 meses más; nos mudamos para evitar que algunas situaciones familiares con algunos miembros de la familia Valencia ahondaran en gravedad. Fuimos los últimos moradores que amamos esa casa.

En la década de los 90, fue arrendada a una fábrica de muebles escolares, quienes a parte de maltratarla quedaron debiendo buena parte del alquiler.

El Salvador fue sacudido nuevamente en el año 2001 por dos terremotos; pero la fachada de la casa aún sigue en pie, retando al tiempo y al olvido.

Hace aproximadamente 9 años entré por última vez “la 27”. El piso verde de las gradas de la entrada estaba quebrado y golpeado, con claras señales de que objetos pesados lo habían maltratado. Ya no había techo sobre el pasillo de acceso a la casa, la pila redonda que tanto me gustaba había sido quitada de su lugar y adonde antes existió el salón principal crecía hierba que llegaba casi a tener un metro de altura. La maleza cubría toda la extensión de la casa. No pude avanzar más allá del lugar en donde antes estaban los primeros pupitres del gran salón. Antes de retirarme, decidí girar mi cuerpo 360° para ver todo por última vez, pero mi mente giró 15, 20, 25 años a las espaldas y cuando completé la vuelta me di cuenta que los días de risas, llantos, suspiros, penas, tristezas, alegrías, triunfos y derrotas, encuentros  y desencuentros familiares, ya no tendrían eco en ese lugar porque sus paredes sucumbieron a la indiferencia de todos los que alguna vez formamos parte de ella.

Texto:

Érika Valencia-Perdomo

Acerca de Érika Valencia-Perdomo y Óscar Perdomo León.

Médicos.
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7 respuestas a “LA 27”

  1. Judith Arias dijo:

    Hola, Erika:
    tu blog esta super… me gusto la reseña en honor a tu abuelo, me gustaria leer el libro de Maria puede volar el fragmento que aparece en tu blog es muy bueno”

  2. LauraValenciaLugoFelix dijo:

    Que fascinate fue leer la description de Los años que viviste en la 27. Yo creci y vivi alli cuando estaba en su “epoca de gloria” – los anos ’50 y la primera mitad de Los anos “60. Despues empezo el lento pero irrevoclabe deteriro de ESA gran casona. Ya en Los 60 anos de edad, papa Gilberto ya no tenia las fuerzas para mantener el Colegio Renovacion como lo habia hecho cuando era mas joven. Poco a poco se fueron yendo Los buenos maestros porque no alcanzaba el dinero para pagarlos. Los estudiantes seguian a sus maestros hasta que en 1975,el ultimo ano que estuve en San Salvador hasta que fui de Nuevo en 1994, solo habia UNOs 20, 25 alumnos – lo que no era sufficiente para mantener ESA gran casa. Mi mama, Yolanda, ayudaba a papa Gilberto y a mama Laura con lo que podia, pero la pobreza nos perseguia como un animal salvaje muerto de hambre. Aun asi papa Gilberto siguio dando clases hasta 1985, 88 anos o algo asi, con 4 o 5 estudiantes. Como amaba ESA gran casona, donde llegaron todos sus hijos con sus angustias a buscar amparo en el Colegio y Academia Renovacion. Alli llego mi mama recien divorciada, de Mexico. Me dejo alli, de 3 anos, y se fue a la Republica Dominicana de Trujillo con Stanley. Como tu, pasaba todo el dia jugando con mi primo Kenny, despues con Los gemelos y Orlandito. Yo ame Tambien la pilita y la campana. Creo que mi mama alcanzo a Salvar ESA campana. A continuacion…

  3. Pingback: CERRANDO LAS PUERTAS DE LA 27 | LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR

  4. MIRNA dijo:

    HE OIDO RELATOS DE LA 27…LES FELICITO POR RELATAR ESTAS MEMORIAS..

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