HISTORIA DE HOSPITAL 7. Una historia muy particular…

Las Historias de Hospital  nacieron por la inquietud de contar algunas de las experiencias que nosotros -Érika y Óscar- como médicos hemos visto o vivido. Pero nuestras historias están contadas puramente desde el punto de vista del médico. Sin embargo, este día queremos presentar una historia contada desde el punto de vista de una paciente y esto gracias a la colaboración escrita y proporcionada por Argelia Marxelly, a quien le damos las gracias. La historia es verdadera; pero los nombres usados, según nos informó Argelia, son ficticios.
Érika Valencia-Perdomo
Óscar Perdomo León

HISTORIA DE HOSPITAL 7.

Una historia muy particular…

Serían más o menos las dos de la tarde, cuando Laura Martínez salió de su casa rumbo a una clínica particular.  Iba nerviosa por el pronóstico que aquel doctor le había dado:

-Señora, usted tiene cálculos en la vesícula y debe operarse de inmediato ¿me entiende?

-¡Sí, doctor, claro, yo comprendo; pero dígame por favor ¿cómo cuánto debo gastar? Usted sabe la situación económica, etc. etc…

En el bus que la llevaba al centro de la ciudad, cerca de esa clínica particular que le habían recomendado, Laura meditaba, pensaba en los últimos acontecimientos de su existencia, aquel viaje que realizó durante los tres meses a Europa (con muchas limitaciones) no fue el un viaje de placer, no, ella iba con un objetivo especifico de trabajo, de labor divulgativa, de intercambio cultural con el viejo mundo, en fin…

En estas cavilaciones estaba cuando el bus se detuvo y ella se bajó cerca de aquella clínica, caminó y caminó. Vio el rótulo indicado y el nombre del cirujano Raúl Mendizábal en una plaquita negra con letras plateadas. Se sentó a esperar la hora de la consulta, sacó de su bolso la novela que estaba leyendo y trató de continuar la lectura, pero no podía concentrarse, el pensamiento estaba fijo en el problema que le agobiaba, su operación, estar en un hospital, rodeada de enfermos… Ella, tan activa, tan ocupada en mil y una cosas, ella. En eso estaba, cuando llegó a la clínica su hija Morena.

-Madre, ¿cómo estás? -Le dijo.

-Aquí hija, esperando al médico, a ver qué dice.

Los ojos le dolían y los tenía amarillentos, la piel afiebrada y el cuerpo dolorido…. Morena se impacientaba…

-Si quieres te vas al trabajo y yo espero al médico –le dijo–  estos doctores particulares dicen que la cita es a una hora y siempre llegan tarde, sea por que les salió una operación de última hora, o cualquier compromiso de trabajo, es la vida del médico hija…

En eso estaba cuando pasó un doctor rumbo a la puerta con la plaquita negra y las letras plateadas

-¡Es él! -dijeron a una sola voz. De inmediato se pusieron de pie y se dirigieron donde el médico.

-¡Buenas tardes doctor! ¿Usted es Raúl Mendizabal?

-Sí, sí, pasen adelante. ¿En qué les puedo servir, a ver?

-Pues, yo vine doctor, porque me envía  su amigo el Dr. Juan Hernández -le dijo Laura, a la vez que sacaba una orden médica y se la extendía al doctor Mendizabal; éste se dispuso a leer la nota, mirando a las dos mujeres que sentadas frente a él esperaban su diagnóstico…

Éste salió de su boca de manera directa y espontánea:

–Señora Martínez, usted debe ingresar al hospital nacional y yo puedo operarla, no se aflija, ya verá que todo sale bien.

En esos momentos no había más que aceptar la salida propuesta. Morena intercambió la mirada con su madre, quien aprobó lo dicho por el médico.

-Está bien, doctor -le dijo- yo me pongo en sus manos, deme la referencia para ir al hospital, yo le agradezco mucho. ¿Cuánto le debo?

-Son ¢125.00, Señora Martínez. Gracias. Nos vamos para el hospital.

-Entramos por emergencia ¿verdad? -le dijo Morena.

-Sí, sí, claro -le contestó el médico.

Salieron de la clínica y desde ese momento para Laura Martínez comenzó un calvario que soportó con toda la paciencia que pudo…

Su hija la acompañó siempre. Madre e hija se identificaron de nuevo, se reconciliaron, y fueron como en épocas pasadas, muy lejanas.

Laura suspiró profundo. Cuando entraron al hospital unos médicos practicantes las recibieron.

-¿Qué le pasa señora?

–Viene a emergencia –contestó Morena, mostrando la referencia.

El joven las pasó adelante, indicándoles lo que debían hacer. Fueron horas y horas de trámites engorrosos. Mientras tanto, Laura padecía con toda su paciencia el dolor, que en la espera se hacía más y más fuerte. Al final de ese largo trajín fue ingresada. Para entonces ya era casi media noche. Su hija Morena le dijo:

-Madre, ya te consiguió cama un doctorcito de esos internos, tranquilízate…

-¡Ay hija, cuanto fastidio! Pero qué le vamos a hacer.

La enfermera le llevó una camilla y le dijo:

-Vaya, señora, ya va irse a una cama al pabellón de mujeres.

-Gracias, enfermera…

Esa noche Laura comenzó a conocer el ambiente del hospital que giraba alrededor de los pacientes en sus camas de enfermos, el personal que los atendía, la señora Rafaela que hacía limpieza, un grupo de enfermeros que daban las medicinas, sacaban sangre a los enfermos que iban a ser operados, tomaban la temperatura, los médicos que llegaban a ver la situación de cada enferma, etc, etc…

Y en particular le llamó la atención aquel médico que seguramente estaba haciendo su año social para graduarse y así obtener el título tan anhelado… Era alegre, joven y siempre llevaba ánimos a los pacientes. Doctor Lizama le decían.  Y desde el primer día de su ingreso Laura siempre le preguntaba algo.

-Doctor Lizama ¿Cuándo me van a operar?

-Tenga paciencia, Señora Martínez, le vamos a hacer unos exámenes primero para evaluar su caso…

“Técnico de terapia respiratoria comuníquese a oftalmología”. El megáfono del hospital hacía ésta y otras llamadas a cada momento.

Laura se quedaba acostada, horas y horas viendo aquel gran techo de la sala, las lámparas que colgaban de éste, se encontraban sucias y viejas, eran las que pasaban encendidas día y noche en ese pabellón de mujeres donde alojaban a más de 25 enfermos, todas las camas estaban numeradas del 1 al 25.

Laura usaba la cama número 18. Cuando los doctores  y enfermeros y personal de servicio se referían a una paciente, decían la paciente numero tres… o la paciente numero catorce…

-La que ingresó ayer operada, sí, la que le extirparon el bazo…

-¡Esa paciente tiene dieta líquida!

-Bueno.

Y así pasaban los días y las semanas que para Laura parecían siglos, sólo se entretenía leyendo aquella novela de una autora suramericana que escribía como García Márquez. Como las otras enfermas no leían, ella era un caso raro, los médicos le preguntaban que leía, alguno que otro le comentaba sobre otros autores, las demás pacientes la miraban de reojo.

Una señora que iba a ser operada de una hernia se acercó a su cama y le dijo:

-Vamos a caminar, le voy a enseñar todo el hospital.

Era pequeña, gordita y no se le podía decir que no.

La primera vez que salieron la llevó por todas partes y se fijó en los amplios corredores recién trapeados y con un olor fuerte a desinfectante. Miró las canastas de diversas plantas colgando de los pasillos, los jardines, los otros pabellones con  sus enfermos acostados unos, otros conversando de sus dolencias y los más trágicos quejándose del mal servicio… Ese día y todos los días que pasó antes de la operación tomó el hábito de hacer ese paseo que la sacaba un poco de la modorra, de la rutina, gracias a la niña Patty que fue operada antes que ella y cuando se despidió le dijo:

-Niña Laura, cuente con mi amistad y espere que todo va a salir bien ¡Ya verá, tenga fe!

-Gracias niña Paty, que le vaya bien, cuídese y salúdeme a si hijita.

Otro día se fue la señora del numero12. Iba llorando.

-¿Qué le pasa niña Berta?

-Ay niña Laura, me dicen que ya no tengo remedio, tengo cáncer, ya me voy.

-Ay por Dios, no se desanime, tenga fe y consulte con otros médicos, Dios no lo va a desamparar…

Otro día se llevaron a la paciente número 19, iba a ser operada de la toroides. Desde muy temprano se levantó y se bañó, la enfermera revisó el cuadro, la preparó, le puso el suero y luego la acostó en su camilla y se la llevó…

Trajeron a una joven muchacha a la cama número 17, se llamaba Johana. Laura platicó con ella.

-¿De qué te operaron?

-¿Tenía cálculos en la vesícula y ayer me los sacaron?

-¿Cuántos años tenés?

-Tengo 16 años y estoy estudiando bachillerato. He solicitado trabajo y ahora con esta operación quién sabe si me lo den. Tengo un niño de año y medio, se llama Geovanni.

-¿Y el papá?

-Está trabajando en la Policia Nacional Civil, en Santa Ana, pero me pagó mal, me dejó sola con el niño. Él es bien mujeriego, como la mayoría de los hombres.

-¿Y con quien vivís?

-Con mi Mamá, en San Jacinto, ella me ayuda con mi niño, pero estoy muy triste (llora y llora) pues extraño mucho a mi hijo, yo me quiero ir para mi casa.

-Tené paciencia hija, vas a guardar unos dos o tres días de reposo y después te van a dar el alta… le dijo Laura

Laura se condolía de la pena ajena y se olvidaba un poco de la propia.

Por fin llegó el día tan ansiado. La operación duró algunas horas. Todo salió bien. El Dr. Mendizabal le dijo:

-Señora Martínez, aquí esta lo que la molestaba tanto, mostrándole una bolsita con unas piedras.

Ella las observó detenidamente, luego quedó profundamente dormida, por la anestesia que le habían aplicado, a lo lejos escuchaba las voces de los médicos ordenando llevar a la paciente a su pabellón para que guardara reposo, ella estaba casi en sueños…

Esos sueños fueron tranquilos, veía a sus parientes que le decían frases de aliento, a sus amigos que la visitaban (aunque muy pocos se habían acordado de ella). Dicen que a los hospitales, a la cárcel y al cementerio a nadie le gusta ir… y eso es bien cierto.

Cuando Laura despertó ya era de noche y una enfermera le iba a aplicar una inyección. Había pasado la anestesia y se sentía adolorida. Observó la bolsa de suero que pendía de un gigante y volvió a cerrar los ojos.

La rutina del hospital continuaba, se iban de alta unas pacientes, otras llegaban y así pasó uno, dos días… Al tercero llegó el Doctor Mendizabal y le dijo:

-Bueno, señora Martínez, hoy le damos de alta, todo está bien, le voy a dar estas pastillas para el dolor, guarde reposo y no coma grasas. Sus verduritas, frutas, líquidos, etc.

-¡Gracias Doctor! -le dijo Laura.

Al medio día llegó su hija Morena con ropa limpia. Laura fue al baño a cambiarse ropa, se quitó aquella bata y un poco con dificultad logró cambiarse de ropa.

Morena la llevaba del brazo. Iban las dos mujeres juntas, más unidas que antes…

El cielo se veía más despejado, al pasar por emergencia vieron un grupo de enfermos que se discutían con los médicos y las enfermeras, pidiendo su ingreso. Sus miradas se cruzaron y recordaron el momento en que Laura también pasó esa experiencia muy particular. El hospital…

Texto:

Argelia Marxelly

Imagen extraída de: http://www.google.com.sv/search?um=1&hl=es&rlz=1C1AVSX_enSV398SV408&biw=1280&bih=699&tbm=isch&sa=1&q=paciente&oq=paciente&aq=f&aqi=g10&aql=&gs_sm=e&gs_upl=58863l62610l0l10l8l0l0l0l0l485l1076l2-1.1.1

Acerca de Érika Valencia-Perdomo y Óscar Perdomo León.

Médicos.
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