HISTORIAS DE HOSPITAL 9. (Una historia del área rural).

COMO SALVARLE LA VIDA A UNA HERMANA.

Esta anécdota no es mía, ni fui testigo ocular de ella. Es la historia de dos hermanas que pasaron a ser prácticamente madre e hija.

Hace 22 años en Ciudad Dolores (departamento de Cabañas, El Salvador), un municipio agrario, inmerso en un calor húmedo permanente y a orillas del río Lempa, vivía María, una mujer cuarentona, madre, con su hija mayor de 19 años y su hija menor pataleando aún en su vientre gestante.

La comadrona del lugar vivía a unos cuántos kilómetros del lugar, estaba pendiente de los movimientos de la luna y de la proximidad de la fecha en que María daría a luz al séptimo vástago de su estirpe. Se encontraba moliendo maíz para hacer las tortillas del mediodía cuando vio que un caballo a galope se acercaba, era Ismael el esposo de María, quien llegaba para avisarle que el parto estaba ya en camino. Rápidamente se subió al caballo y se fueron. Llegaron en el  cenit de las contracciones uterinas. El parto se registró sin complicaciones, la blanca niña que recién había nacido se llamaría Rosa. La partera cumplió con su labor y le entregó a la madre la pequeña y llorona niña; Ismael le pagó lo acordado y la fue a dejar a su casa.

Mientras María se tomaba un chocolate caliente y degustaba una tortilla bien tostada con cuajada, oyó que el llanto de Rosa se había transformado en un quejido suave, curiosa de saber la causa del cambio, la tomó en sus brazos e inmediatamente sintió  sus manos húmedas y pegajosas.

-¡Juana,Juana!, vení rápido, algo le pasa a la Rosa. Gritaba María a su hija mayor.

Juana se apresuró a entrar en el rancho de adobe y techo de teja, apenas iluminado por las tímidas llamas de tres pequeñas candelas. Aunque afuera alumbraba intensamente el sol, adentro de la humilde casita que sólo contaba con una pequeña ventana la oscuridad reinaba las 24 horas.

Juana tomó a su hermana recién nacida en sus brazos y corrió hacia afuera. Sus ojos se abrieron totalmente cuando descubrió que era sangre el líquido que empapaba a Rosa. Velozmente, se apresuró a poner a la niña en una vieja silla de madera que se encontraba a la sombra del alero y de un joven árbol de mango y auxiliándose de otra de sus hermanas que le alcanzó el único rollo de hilo de coser que había en la casa, tomó un poco y amarró fuertemente el cordón umbilical que había sido mal atado y expulsaba un pulsátil chorro de sangre de forma constante. Para asegurarse de que no volvería a desamarrarse quemó el muñón umbilical con un olote que había puesto en las brasas y con dos trozos de  ramas de mango fuertemente apretadas una contra otra encanceró al cordón.

La hemorragia cesó.

Juana salvó la vida de su nueva hermana. Hoy Rosa tiene 22 años, es fuerte, trabajadora y respetuosa de su prójimo.

Esta historia me la contó Juana, cuando mientras yo examinaba a Rosa, quien vino a mi consultorio en busca de una panacea para un problema que no viene al caso contar.

Texto y fotografías:

Érika Valencia-Perdomo

Acerca de Érika Valencia-Perdomo y Óscar Perdomo León.

Médicos.
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