HISTORIAS DE HOSPITAL 17. Del hospital a la comunidad

Elote

La escuela de medicina nos enseña los conceptos básicos, la anatomía, la función y bioquímica de nuestro cuerpo, nos hace soñar con las batas blancas y los largos pasillos de hospital.

El hospital nos enseña el lado práctico de la medicina, se aprenden técnicas, se conjuga la teoría y la realidad, el agotamiento físico es increíble, se forjan amistades eternas, se aprende a sortear las vicisitudes y se esquivan las envidias, malos tratos y la paciencia llega a anidar en nuestros corazones cuando se sufre uno que otro castigo impuesto, con o sin razón alguna, y se convive con los compañeros más que con la misma familia.

En la escuela de medicina sólo se nos enseña de farmacología y otras ciencias y la vida hospitalaria nos absorbe en historias clínicas, protocolos que cumplir, jerarquías que respetar. Muy pocas veces encontré un verdadero maestro que me enseñara sobre lo humano que debe ser uno con sus pacientes. No hay duda que nuestra sociedad está corrompida desde sus cimientos y somos los profesionales que crecimos dentro de la guerra civil, en donde en algunos casos los muertos quedaban atrás y las escenas de horror que nuestros infantiles ojos miraron nos crearon un caparazón duro e impermeable al dolor.

Dentro de este mundo intenso e inmenso que es el hospital el tiempo pasa velozmente entre la responsabilidad académica y la laboral, con hora de entrada y sin hora de salida; el médico interno o el residente pocas veces alcanza a lanzar su mirada hasta cubrir el lado humano de cada uno de sus pacientes, su entorno y sus creencias, ¿pero quién puede con 30, 40 o 50 pacientes a su cargo? Con todo y sus inconvenientes la vida hospitalaria brinda la experiencia, la sagacidad del pensamiento, el aprendizaje diario, es la sal que da el sabor a la vida muy a pesar de su carga laboral; y aun así, muy a pesar de la vida contra reloj de la residencia médica o del mismo internado.

Sin embargo siempre hay historias que conmueven y que van haciendo que el médico aterrice y ponga sus pies en dirección de la cabecera de la cama hospitalaria y que con el paso del tiempo vaya creando la “experiencia”, que quizá sea una palabra más profunda que sólo el tiempo acumulado en el trabajo y en ese camino el médico trasciende para ser el que mira a los ojos a sus pacientes.

¿Cómo no recordar a Francisco, el adolescente que a los 17 años murió en el Hospital Rosales por un agresivo cáncer en los huesos que se había llegado a alojar a sus pulmones, pero que jamás le arrebató la sonrisa y la amabilidad?

¿O a los padres de Raúl, el niño que con tan solo 4 años de edad permaneció con ventilación asistida por más de una semana a pesar de tener muerte cerebral? Recuerdo que ellos le hablaban y le cantaban todo el día.

Recuerdo también a la Sra. Hernández, una mujer que con menos de 12 horas de haber dado a luz por cesárea su cuerpo albergó una infección tan severa que el pabellón en donde se encontraba tenía un denso olor a podredumbre y ella, sumamente avergonzada por eso (sin tener la culpa de lo sucedido), metía su cara en medio de las sábanas fétidas y rechazaba a su pequeño hijo por temor a infectarlo.

A mi mente vienen don Juan y sus 3 hermanos. O Claudia, la joven madre a la quien tuve la oportunidad de asistir su primer parto y que luego me pidió que cargara a su niño para posar ante la cámara mientras su madre me fotografiaba junto al nieto.

Nuestros profesores siempre nos decían que en el interior del país al médico se le paga con gallinas y no con dinero, hoy que vivo desde hace 5 años fuera de la capital me he dado cuenta que el paciente y su familia no pagan con especies, sino más bien las entregan al médico en forma de agradecimiento por la atención recibida, por un diagnóstico oportuno, por el consejo brindado o por simplemente escucharlos.

Nuestra casa se ha visto llena de pescados fresquecísimos (tanto así que aún se movían), marquetas de queso envueltos en hojas de guarumo, cuajadas, crema, frijoles en su vaina, güisquiles, costales de elotes, tamales, gallinas (¡vivas!), paletas, sorbetes y hasta botellas de leche para hacer queso… Todos los regalos son producto del trabajo de nuestros pacientes o sus familias, o representan el modus viviendi de ellos, por eso los recibimos con alegría y mucho respeto.

Para nosotros es una muestra de que algo hemos hecho bien y nos da ánimo para seguir adelante.

A todos nuestros pacientes les decimos muchas gracias por sus atenciones y por sus enseñanzas.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

Fotografía:

Óscar Perdomo León

Acerca de Érika Valencia-Perdomo y Óscar Perdomo León.

Médicos.
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2 respuestas a HISTORIAS DE HOSPITAL 17. Del hospital a la comunidad

  1. Ana Mercedes Miranda Morán dijo:

    Qué hermoso testimonio escrito. Pleno de profundo humanismo reflejado en los recuerdos que perduran de sus pacientes, señal de que no los vieron como un número más. Lo mejor es que el humanismo ustedes lo ponen en práctica en su ejercicio diario de la medicina. Lo prueba el agradecimiento de sus pacientes. Me ha encantado el trabajo publicado.

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