HISTORIA DE HOSPITAL 21. Tres pacientes

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La Medicina es una de las profesiones más bellas que existen, es tan extensa que su estudio, práctica y desarrollo de habilidades especiales no pueden abarcarse en su totalidad; debido a ello surgieron las especializaciones con el fin de atender de mejor forma a cada paciente.

La Medicina Interna y la Medicina de Urgencias son las ramas que personalmente me gustan más; amo la vida hospitalaria, estar ahí es fabuloso y no hay nada mejor en el mundo que recibir al paciente en la máxima urgencia, diagnosticarlo, estabilizarlo y luego decidir el lugar en donde debería de ser ingresado; sin embargo trabajar en los pabellones de ingreso y/o en la práctica privada dan tantas experiencias enriquecedoras que numerar cada una sería imposible.

Algunos pacientes quedan en la memoria por una u otra razón; uno de ellos fue Inés, una señora que rondaba los 50 años cuando la conocí, en ese momento acababa de ser ingresada al hospital, tenía un raro padecimiento que involucraba alteraciones de presión arterial y desequilibrio del potasio. Cuando me presenté ante ella como su médico de planta, fría y duramente me dijo: «Pero sí usted es una jovencita ¿cómo me va a atender a mí? ¿Está segura que usted sabe?». Le expliqué que en el hospital, como en la milicia, hay jerarquías y que en ese momento yo era el médico superior que se encontraba en ese piso y que en todo el día era mi responsabilidad cuidarla, y agregué que al día siguiente llegaría mi jefe, quien visitaba a los pacientes muy temprano por la mañana; no le gustó mucho pero ni ella ni yo podíamos hacer más.

El tiempo pasó y poco a poco me fui ganando su confianza y respeto, posiblemente porque siempre me tomaba mi tiempo para explicarle como iba su tratamiento, el porqué de los exámenes a realizársele y su resultado; la iba a ver unas 3 veces al día. Inés estuvo ingresada alrededor de un mes y medio.

Un día común y corriente de trabajo, días después de haber sido dada de alta del hospital, me encontré con Inés en la emergencia del mismo; me andaba buscando para entregarme un pequeño regalo en señal de agradecimiento.

***

Rocío, una señora que rondaba los 55 ó 60 años, de pelo castaño y largo, esquiva, seria y un poco grosera en su trato diario, fue la primera paciente en mi profesión a quien tuve que darle una noticia poco agradable: la respuesta de la biopsia decía que había cáncer en su cuerpo y había que iniciar  quimioterapia, la noticia fue escuchada también por las hijas. El protocolo a seguir fue establecido por el oncólogo en una visita a Rocío que tuve que coordinar, luego de examinarla, revisar exámenes y otras tantas cuestiones se fijó la fecha de inicio del tratamiento. Rocío pidió un permiso especial para visitar su hogar antes de iniciar la quimioterapia, el mismo le fue concedido, cuando regresó iba con la cabeza rapada y puesta una peluca pelirroja que le llegaba a los hombros.

«No iba a dejar que el pelo se me cayera poco a poco, no lo soportaría», fueron sus únicas palabras acerca del tema.

El día llegado fui yo la designada en preparar la quimioterapia, siguiendo estrictamente las indicaciones establecidas por el especialista, y fui yo quien conectó el medicamento a la vía endovenosa preparada en su brazo derecho; antes de hacerlo ella y sus hijas me pidieron que las acompañara en una oración, ésta fue hecha de forma muy profunda y llena de optimismo, esperanza y ánimo de vida. Cuando le pregunté a Rocío si podía iniciar con la colocación de la quimioterapia, me respondió con un movimiento afirmativo de la cabeza dirigiéndome una mirada tierna. Cuando me retiré de la habitación me dijo «gracias doctora» y una de sus hijas me dio un abrazo inesperado.

***

Juan era un chico de 19 años, ingresado desde hacía dos meses por un cáncer sumamente agresivo de huesos, amputado de su pierna izquierda con el fin de detener el avance del mismo pero que ya había invadido los pulmones,  necesitaba oxígeno permanente. Tenía tan buen ánimo, una sonrisa agradable cada mañana, sufría sin quejarse, era callado e introvertido.  Una de tantas noches los parlantes del hospital gritaban la presencia de todo el cuerpo médico con urgencia en el pabellón en donde estaba ingresado Juan; un paciente tenía un paro cardíaco. Esa noche yo no estaba en el hospital. Entré al pabellón a la mañana siguiente esperando ver su sonrisa pero me encontré con un paciente desconocido ocupando su lugar, inmediatamente supe que Juan había fallecido. Mi jefe inmediato y yo lloramos por él.

***

Hay pacientes que no se olvidan por el cariño especial que les tomamos, por todo lo que nos enseñaron o por los retos médicos a los que nos tuvimos que enfrentar. Para todos ellos van estas palabras de agradecimiento y solidaridad.

Escrito por

Érika Valencia-Perdomo

Fotografía por

Óscar Perdomo León

Acerca de Érika Valencia-Perdomo y Óscar Perdomo León.

Médicos.
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2 respuestas a HISTORIA DE HOSPITAL 21. Tres pacientes

  1. La muerte es parte de nosotros, sin embargo, es un proceso difícil de aceptar. Mi hermana mayor está enferma del corazón, tiene varias complicaciones; no me cabe en la cabeza que ella se nos puede ir. Especialmente porque es joven… es duro decir adiós, sólo Dios puede consolarnos.

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