GUILLERMO

GUILLERMO. Cuento de Érika Valencia-Perdomo. Fotografía tomada por Óscar Perdomo León

Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando Guillermo cruzó rápidamente la avenida Roosvelt a la altura de El Salvador del Mundo, bajo las frondosas llamas que provocaban las sombras de los árboles de fuego y, parado en la acera frente a su carro Renault blanco último modelo de cuatro puertas y ventanas corredizas año ´84, se detuvo para sacar del bolsillo derecho del pantalón de impecable mezclilla negra las llaves del automotor. Sin saber exactamente de donde y en un abrir y cerrar de ojos, dos jóvenes bien vestidos lo introdujeron a un vehículo azul que partió velozmente con rumbo desconocido, un pañuelo blanco empapado de éter fue colocado en su nariz, la inhalación del mismo hizo que quedara inconsciente cerrando sus profundos ojos verdes. Sobre el andén quedaron tiradas las llaves, el maletín y el libro de odontología restaurativa que cargaba. Era un estudiante de una de las primeras universidades privadas del país, estaba inscrito en el tercer año de la carrera de odontología.

Cuando despertó, todo era penumbra, los bastones de su retina tardaron unos minutos en poder acostumbrarse a la oscuridad del lugar. Se encontró tendido en una cama de tijera y tenía atadas ambas manos, había mucha humedad en el lugar y muchas voces lejanas. No sabía en donde estaba ni quién lo había llevado a ese lugar; no conocía quien era el hombre barbado y fornido que lo estaba cuidando. Al recobrar totalmente la conciencia llegó ante él un hombre de amplia sonrisa blanca, moreno, cabello oscuro y liso, calzaba botas militares, vestido de jeans y camiseta negra. Guillermo pensó que se trataba de un soldado, pero esa imagen duró muy poco. Fue enterado por el responsable del lugar, que había sido secuestrado por la guerrilla salvadoreña y que se encontraba en un lugar secreto, para atender a los heridos de las batallas; su misión sería la de medicar, suturar o amputar a todo aquel guerrillero que tuviera una enfermedad o que tuviera heridas de combate. Estaba en un hospital clandestino. Guillermo explicó que no podía hacer tales pedidos, pues él era apenas un estudiante de tercer año de odontología.

Sin embargo no fue escuchado, pues todos ahí creían que de todas maneras serviría. De inmediato lo llevaron a la sala en donde estaban los caídos en las arduas luchas. Durante seis meses no vio la luz del sol. Nunca supo la ubicación exacta del lugar, aunque supuso que estaba en algún tatú * cerca de Guazapa, porque los combatientes hablaban ente sí y muchos llegaban de enfrentamientos ocurridos en Nejapa, Chalatenango, Guazapa, Aguijares y hasta de Soyapango. Oía diariamente Radio Venceremos, así fue como llevaba el recuento de los días.

Los encargados del lugar pronto descubrieron que Guillermo decía la verdad, pues su destreza y su poco conocimiento sobre antibióticos y analgésicos lo delataron. Pero como dice el dicho que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”, pronto aprendió a suturar, a colocar sueros y medicar por vía endovenosa. Limpiaba úlceras enormes y cruzaba un par de palabras con los heridos. El tiempo pasaba rápidamente y pronto se acostumbró al ritmo de trabajo, con ello aumentaba su habilidad médico-quirúrgica. El trabajo era extenuante. Dentro del lugar había médicos nacionales y extranjeros, pero poco sabía de ellos, casi no hablaba, pensaba en sus padres y hermanos, en su esposa y en el hijo que ésta esperaba.

Nunca le faltó un plato de comida y en el lugar había donde poder bañarse y rasurarse. Ocasionalmente hacían pequeños festejos y todos se reunían en una habitación para beber un par de cervezas y comer un poco de carne con tortillas recién hechas en comal, pero algo en él no funcionaba adecuadamente, pronto su imagen fue la de un vagabundo, durante el encierro su cabello llegó hasta los hombros, su barba creció tanto como la del mismo Fidel, las inmensas ojeras, el rápido enflaquecimiento y la palidez extrema de su piel, anunciaron que la tristeza y la depresión se habían apoderado de él. La disentería hizo estragos en su desmejorado cuerpo y el mismo que fue llevado para sanar a los demás ocupo un espacio más en las escasas camas del oculto nosocomio de guerra.

Guillermo, originario de Berlín, Usulután y de descendencia palestina, sabía que por ese tiempo la guerra civil estaba en su verdadero clímax y la Universidad Nacional era considerada como el núcleo de la guerrilla en San Salvador, por eso, pese a su buen prestigio académico sus padres decidieron que se inscribiera en una universidad privada.

Una noche de intensas lluvias y después de una semana de feroces bombardeos Guillermo recibió la orden de colocarse nuevamente el jeans negro y la camisa de lino celeste y cremallera al centro que vestía el día que fue secuestrado. Esta vez fue acostado en un colchón, nuevamente su mente cedió a los efectos del éter y sus párpados cayeron pesadamente, una vez más su conciencia volvió a perderse.

Los primeros rayos de sol lo despertaron del profundo sueño, no estaba atado de manos ni había alguien cuidándolo; se encontraba acostado en medio de una milpa. Guillermo no sabía en dónde estaba, apenas podía abrir los ojos, pues seis meses bajo tierra habían hecho que sus pupilas se acomodaran al claroscuro de las sombras. Durante veinte minutos sus pensamientos vertiginosamente revoloteaban en su cabeza. Permaneció inmóvil tratando de captar todo el calor y la luz posible del astro rey, sus ojos se llenaron una y otra vez de lágrimas que eran imposibles de contener. Su boca reía y gemía de alegría y desconcierto, las manos temblaban y las delgadas piernas apenas podían sostenerlo, la sensación de estar libre era tan intensa que ni él mismo podía describirla. Su sangre poco a poco recobraba la fuerza perdida.

Trató de ubicar el lugar en donde estaba, no reconoció el terreno, inútilmente trató de divisar algún volcán o una montaña conocida. Pero eso poco le importaba, sabía que nuevamente era un hombre libre y que se reuniría con su familia en poco tiempo. Emprendió su regreso a casa caminando conforme se movía el sol. Después de dos horas aproximadamente llegó a una carretera pavimentada en donde se encontró con dos señoras que calzaban sandalias de hule y vestían de forma sencilla y llevaban en la cintura un blanquísimo delantal; cargaban sobre su cabeza un canasto repleto de cebolla, mora y chipilín, pero al verlo sucio, pálido y enflaquecido hasta los huesos sintieron temor, imaginaron que era un combatiente de cualquiera de los dos bandos que se había fugado o había sido torturado, por lo que sin emitir palabra alguna ambas mujeres se pusieron de acuerdo y agilizando el paso evitaron entrar en contacto verbal o visual con él.

El mismo suceso ocurrió dos o tres veces más. Después de mucho caminar y sentir el ardiente sol del cenit su cuerpo sediento pidió un sorbo de agua, de manera inconsciente sus manos buscaron en los bolsillos delanteros del pantalón unas cuantas monedas para poder comprar un vaso de agua en la tiendita que miraba a unos cincuenta metros. Cuál fue su sorpresa que en uno de ellos se encontró con dos billetes de un colón cada uno, sus fuerzas empezaron a flaquear y con sus manos temblorosas sosteniendo los billetes llegó a donde estaba la pequeña venta a orillas de la vía y con un nudo en la garganta pidió un vaso con agua, en ese instante su espíritu ya no pudo más y echo a llorar como un pequeño que llama a su madre. Fue escuchado por los dueños del lugar. Luego lavó su cara y sus manos y con la determinación de llegar a su hogar abordó uno de los buses que lo llevaron a la Terminal de oriente. Nunca supo cómo llegaron esos dos colones a su pantalón.

Desde ahí hasta su casa el tiempo trascurrió rápidamente, los minutos se hicieron segundos; al momento de tocar la puerta de su casa su corazón dio un vuelco inesperado, sus latidos cardíacos se aceleraron y el sudor apareció en su frente. Tocó tímidamente. La puerta se abrió. Guillermo observó los ojos que se agrandaron como dos lunas llenas, los brazos de su esposa tardaron dos segundos en llegar a su pecho y hundirse en mil abrazos. Las manos de Daniela tocaban una y otra vez de forma temerosa y feliz el cuerpo del que todos creyeron muerto. Los besos y las lágrimas de uno se confundieron con las del otro.

Esa tarde Guillermo conoció a su hija de dos meses de edad. Ese día Guillermo volvió a nacer.

Escrito por

Érika Valencia-Perdomo

***

*Fotografía tomada por Óscar Perdomo León.
**Tatú: Cueva subterránea.

Anuncios

Acerca de Érika Valencia-Perdomo y Óscar Perdomo León.

Médicos.
Esta entrada fue publicada en Literatura y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a GUILLERMO

  1. Interesante relato, me gustan las descripciones. Saludos desde Buenos Aires!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s