SOLILOQUIO ENVENENADO

ISABEL Soliloquio envenenado

La vida es extraña e ilógica. Cuando uno busca demasiado el amor, no lo halla. Pero cuando se va por ahí distraído, con la cabeza en las nubes, inesperadamente se tropieza con el amor… o con la muerte.

Siempre sueño que ella vendrá; pero despierto cada día a la realidad. Por eso mismo, un año después, aquí sentado en esta banca, veinticuatro meses después, trescientos sesenta y cinco días después, diez y ocho mil setecientos sesenta horas después… sentado en esta misma banca –¡en la misma!- de este mismo parque de difuntos, en este cementerio que alberga de una forma moderna a la antigua muerte, a los muertos de este y del pasado siglo, a los heridos fatalmente con la ausencia de la respiración, yo aquí, sentado y alejado de ella, me doy cuenta que Isabel perdió para siempre su oportunidad de abrir sus pétalos al sol, de extender sus ágiles alas a través de las selvas tropicales, de sembrar una semilla hacia el futuro. Sus rasgos físicos eran un tributo a la perfección y todos se han ido. Tuvo defectos, sí. Pero yo la amé con sus virtudes y con sus vicios. La amé hasta donde fue posible. No tengo arrepentimientos, remordimientos ni odio.

Pero estoy como esas partituras engavetadas de los grandes músicos salvadoreños, que no han alcanzado el estudio de grabación; separado de Isabel como de esos libros hermosos y amados de los escritores que no han conseguido la imprenta…

Así como esa música y esos libros asfixiados, yo, doliente y lúgubre, empañado y oscuro como una sombra, abro mis ojos, limpio de culpas, limpio mis lágrimas, recuerdo la verdad que Isabel me dio y me dijo, recuerdo el amor –poco o grande, ¡que sé yo!- que Isabel me entregó y que extraño ahora tanto… y deposito estas flores rojas sobre su tumba…

¿Me amó de verdad alguna vez Isabel? A través de mis memorias he tratado de responderme esa pregunta. He recorrido muchos senderos y rincones en mi cerebro. Hubo vericuetos que condujeron mis palabras hasta los escondites más secretos. ¿Me amó de verdad alguna vez Isabel? Quizás sí. Yo la amé con todas las fuerzas de mi alma y de mi cuerpo. Y eso es lo que importa ahora.

Como los sobrevivientes del terremoto, así también yo prosigo con mi existencia, esta supervivencia que se enriquece cada día con cada experiencia, con cada vida y con cada muerte. Con toda la pureza o con toda la agresiva y negativa energía. Con este breve lapso en el que respiro en medio del infinito universo. Sonrío llanamente con mis ojos hacia el horizonte y sigo mi camino, recordando a Isabel mientras me toca con su mano la espalda, mientras llena con su lengua mi boca, sonriéndome con sus ojos pardos de gata en celo, diciéndome al oído que la ame como si fuese la última vez en mis brazos…

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía extraída del cortometraje HABLANDO CON LOS MUERTOS
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Acerca de Érika Valencia-Perdomo y Óscar Perdomo León.

Médicos.
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