GUSTAVO y ARMANDO

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Tavo, como le llamaban todos, era un niño de 11 años de edad, con apariencia de 9, con la mirada vivaz, el ánimo juguetón, soñador y con esa picardía que sólo la tienen los niños que trabajan en la calle. Se ganaba la vida vendiendo periódicos por las mañanas y por las tardes asistía a la escuela; en enero del próximo año asistiría a sexto grado. Era el tercero de 5 hijos que había parido la niña Toya, señora muy trabajadora, simpática, honrada y pobre, vendedora de periódicos en la esquina del portal del pueblo, frente al parque, quien había sido abandonada por su marido hacía muchos años.

Tavo se levantaba siempre temprano para ir a comprar pan dulce a la panadería del vecindario y luego a preparar el café para su madre y sus hermanos. Aun somnoliento, con la cara y las manos sucias y en muchas ocasiones con la ropa que había usado durante dos días pregonaba las noticias frescas por las mañanas.

Al otro lado de la ciudad vivía Armando; casi siempre estaba sonriente y amable, era de buen corazón y muy leal con sus amigos. Durante su niñez sufrió poliomielitis y a los 27 años tuvo un accidente de tránsito que lo dejó en silla de ruedas; sin embargo era muy independiente y emprendedor, manejaba su propio vehículo, podía conducir bicicleta (arreglada para él) y era el dueño de una de las dos llanterías del pueblo. Armando tenía esposa y un hijo, a quienes les proveía cada día de cuidados y amor.

Como era costumbre al finalizar el año escolar, Tavo ampliaba su recorrido de venta de periódicos y fue así como a inicios de diciembre llegó al taller de Armando. De ese encuentro surgió un cariño y una admiración mutua. Tavo se embelesaba mirando como Armando se movilizaba hábilmente en su silla de ruedas y como les daba indicaciones y órdenes a sus empleados de la llantería; quería ser como él. A Armando, por su lado, le gustaba ver el espíritu de trabajo y superación de Tavo; al verlo, recordaba algo de su niñez.

Al ampliar la ruta de distribución de periódicos, Tavo también aumentaba día a día el desgaste de sus ya maltratados zapatos.

Ocho días antes de la navidad, Tavo le comentó a Armando que iba a trabajar vendiendo cohetes en una venta callejera del parque, además de seguir vendiendo periódicos, ya que estaba de vacaciones escolares y con ese dinero tenía pensado comprar unos regalos a sus hermanos y unos zapatos que había visto en el mercado para él, ya que los que andaba (que eran los únicos que tenía) ya estaban rotos.

-Mirá –le dijo Armando- me gusta mucho que querás comprarle regalos a tus hermanos; pero las coheterías son peligrosas, nunca me han gustado. Mejor, si vos querés, te doy trabajo aquí en la llantería.

-Gracias, don Armando, pero ya me comprometí con don Tiburcio, el dueño de la cohetería, y no le puedo fallar.

Tavo se alejó corriendo con sus periódicos. Y Armando se quedó mirándolo, muy pensativo.

En la cohetería –a un costado de la iglesia- de tres metros cuadrados, armazón de madera, techo de lámina y con una división interior hecha con una sábana de tela vieja, trabajaban cuatro personas, entre ellas Tavo.

Siete días después, Tavo se levantó emocionado porque esa noche le pagarían en la cohetería su primera semana de trabajo. Supuestamente el lugar servía únicamente para la venta de pólvora; pero en realidad, se fabricaban clandestinamente buscaniguas, fulminantes y morteros, incluso los grandes que estaban prohibidos por la ley. Tavo trabajaba desde las dos de la tarde afanosamente y lleno de ansiedad, esperando la noche.

Ese día, la iglesia festejaba con una misa solemne las fiestas en honor a la virgen patrona del lugar; al terminar la misa, los cohetes de vara se hicieron presentes para celebrar a su patrona con su alegre y estruendoso sonido y su olor tan característico y penetrante ambientaba la atmósfera. La gente salía de la iglesia feliz y despreocupada.

Adentro de la calurosa e improvisada fábrica de cohetes, Tavo se encontraba sudoroso y concentrado en su trabajo. De pronto una chispa de los cohetes de vara, cayó sobre los volcancitos que eran exhibidos en el mismo lugar. Tavo, absorto en la manufactura de los petardos, no se percató de los gritos de la gente que huía despavorida para buscar resguardo. Fueron los truenos de la pólvora explotando, besando sus tímpanos, que lograron sacarlo de sus pensamientos. La escena era dantesca y siniestra. Tavo trato inútilmente de abandonar la escena pero el humo y las llamas dificultaron su respiración, le nublaron la vista e inmerso en el mar de confusión, terror y fuego perdió la conciencia.

Despertó en el hospital con dolor y ardor en su cuerpo, le costaba respirar y pensar. Su mente había borrado todo, apenas recordaba las llamas devorando ávidamente sus ropas y piel. Dolía mucho moverse, con gran esfuerzo miró sus manos, brazos, tronco y piernas, cubiertos con gasas. Lloró amargamente por el padecimiento de su cuerpo y por la terrible realidad de ver frustrados sus esfuerzos y sus sueños de comprar los regalos para sus hermanos. Lloró en soledad y casi en silencio. Sintió que la vida lo había traicionado, una vez más.

Las noticias corren en los pueblos, rápidas y encendidas como la pólvora. Al amanecer del 24 de diciembre, un día después de la desgracia, Armando aún continuaba atónito con la noticia del incendio de la cohetería, contada por boca de su esposa. Temió por la vida de Tavo. Fue al portal frente al parque, pero no encontró a la niña Toya en el puesto de periódicos.

Llegó al hospital, pero no lo dejaron entrar, la hora de la visita a los pacientes era al mediodía; adentro, ingresado en el pabellón de pediatría y con el acceso restringido, junto a su madre que lo estaba cuidando, Tavo, convaleciente y desmoralizado se lamentaba del infortunio.

Casi a la medianoche del 24 de diciembre, haciendo uso de mañas y artimañas, Armando logró convencer al vigilante del hospital para que lo dejara entrar.

Tavo, en la cama del hospital, cabizbajo en su tristeza, de pronto levantó la mirada y vio venir en el pasillo una silueta regordeta y conocida, deslizándose sigilosamente. Tavo, abriendo los ojos como pudo reconoció a Armando.

-¡Feliz Navidad, Tavo! ¡Feliz Navidad!

Armando traía consigo una bolsa llena de regalos para los hermanos de Tavo. Al fondo de la bolsa había una caja envuelta en papel dorado y con una gran chonga roja.

-El regalo de la chonga roja es tuyo, Tavo –le dijo Armando.

-¿De verdad? ¿Para mí? –dijo Tavo, mojándose la cara de lágrimas que su mamá le secaba.

La madre de Tavo le ayudó a abrir el regalo, ya que sus manos quemadas no podían hacerlo.

Las lágrimas de Tavo corrieron otra vez, pero esta vez eran de felicidad, al ver que dentro de la caja estaba el par de zapatos que él había deseado tanto.

-¡Es la mejor Navidad que he tenido! –dijo Tavo, con la voz entrecortada-. ¡Feliz Navidad para usted también, don Armando!, ¡Feliz Navidad!

***
Escrito por

Érika Valencia-Perdomo

Fotografía
Óscar Perdomo León
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Acerca de Érika Valencia-Perdomo y Óscar Perdomo León.

Médicos.
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